Por David Hevia

Durante varios miles de años la conducta de masas ha sido administrada por las élites a través de la creencia en entes que, superando ampliamente las facultades atribuidas a los seres humanos, no existen. Visto el proceso desde una dimensión histórica, cabe caracterizar su marcha como autoedípica, pues desde el pensamiento totémico hasta la fe en dioses el fenómeno entraña la negación de los seres reales cuya imaginación concibe tales ficciones hasta el punto en que, invirtiendo roles, aquellos se sienten hijos de su propia alucinación.
El asunto, sin embargo, está en vías de dar un nuevo giro. Ya en 2020 un grupo de científicos confirmó el paso del primigenio biobot, que expresa la interacción entre un organismo vivo y la tecnología robótica, a una más avanzada versión, el xenobot, es decir, una entidad biológica sintética que, configurada a base de células de embriones de rana africana sometidas a diseño algorítmico evolucionario, opera sin metales pesados y de manera programable (elpais.com, 20 de enero de 2020). Para esta máquina viviente de medio milímetro, capaz de repararse a sí misma, sus creadores han explicitado ante la opinión pública un sinnúmero de aplicaciones médicas, aunque difícilmente sea ese el objetivo central de la investigación, financiada por el Pentágono. “Si logramos automatizar la fabricación de los diseños por ordenador, podríamos concebir enormes enjambres de biobots. Y estos podrían incluso ser capaces de unirse en tamaños cada vez mayores. Podríamos tener biomáquinas muy grandes en el futuro”, sostuvo el equipo, precisando que desplegar esa multifuncionalidad en el océano es muy factible. Al presentar los resultados, el plantel desestimó que sus xenobots tuviesen la propiedad de reproducirse, aunque admitió que dotarlos de ella sí constituye una meta, independientemente de que “sería un camino arriesgado”. Pero las cosas dieron otro salto un poco más de un año después, cuando los responsables del estudio descubrieron que las células robóticas habían encontrado una forma de reproducirse, y no cualquiera, sino una conocida para las moléculas, pero no para las formas vivas: la réplica cinemática. En efecto, un xenobot puede nadar en el pequeño disco de laboratorio que lo contiene, recolectar cientos de células y ensamblarlas dentro de su boca en forma de Pac-Man, de suerte que en pocos días la concatenación realizada se convierte en un robot biológico semejante al que lo concibió y que, como este, también se desplaza para realizar una reproducción análoga, y así sucesivamente, creando muy rápidamente varias generaciones (dw.com, 30 de noviembre de 2021).
El diseño que dio origen a estas máquinas vivientes fue posible gracias a la supercomputadora Deep Green de la Universidad de Vermont, que, en síntesis, incrementó radicalmente la velocidad de las interconexiones celulares. Los xenobots ya saben trabajar coordinadamente y crear soluciones de alta complejidad. Los cándidos paños fríos que ponen los científicos apuntan al aún modesto medio milímetro retenido en un platillo experimental, pero el mismo equipo de investigación espera desatar los enjambres en el océano. Que los xenobots produzcan vida humana es asunto de poco tiempo; también la capacidad de elaborar respuestas mejores que las de sus programadores. De igual modo, la facultad autorreparatoria deja oír el eco de lo imperecedero. Poderosos e inmortales padres o negadores de los futuros hombres y de lo que sea. Ahora sí habrá dioses, y tan reales que esta vez no existirá la opción de imaginarlos.
*Este ensayo forma parte del libro La palabra se quedó sin hombres, de David Hevia,
que publicaremos próximamente.
